El niño del día del niño

HOY NO estamos más cerca de conocer a los niños que antes. Quizás hay un mayor número de imágenes que tienden a superponerse sobre los niños reales. Estas tienen que ver con la ampliación del mercado de artículos de consumo para personas menores de edad.

Probablemente, la creciente frecuencia de estas imágenes en los medios de comunicación ha incrementado la intensidad de su empuje sobre la conciencia colectiva, hecho que seguramente no tiene precedentes en la historia de la civilización. Convengamos en que tener imágenes de cómo debieran ser los niños según la publicidad y el mercadeo no equivale a conocer a los niños, ni nos facilita un acceso a entenderlos como personas que son.

En la sombra que deja la publicidad crecen nuestros verdaderos niños. En la precariedad de su mundo, marcado por nuestra irresponsabilidad o vulnerable ante nuestra incompetencia, los niños crecen utilizando también sus propios recursos mentales, emocionales y espirituales. En realidad, así ha sido desde siempre, porque, aunque no se haya dicho mucho, ni estudiado lo suficiente, el ser humano tiene como una caracterísitca definidora de la especie la específica modalidad de su niñez.

El homo sapiens es el resultado de la evolución del ser niño. Ese largo proceso de maduración biológica y neuronal es la base misma de las extraordinarias capacidades del ser humano. Lo que sorprende es lo difícil que es para la sociedad ponerse de acuerdo en la absoluta necesidad de proteger este periodo de crecimiento y desarrollo.

Por eso, es oportuno hacer un esfuerzo por ser conscientes de, o, debiera decir mejor, llevar a la conciencia, los diversos contenidos que, de modo abierto o subrepticio, circulan con el pretexto y en el contexto de las ideas, la plática, o la celebración de la niñez. Pues sospecho que al hablar de los niños y las niñas siempre estamos hablando de otra cosa también, y que hay una relación compleja (de doble vía, o quizás de cuatro) entre esa otra cosa, no tan bien oculta como ocultada, y la niñez que sirve de justificación para presentarla.

Investigaciones históricas revelan que la representación de la niñez es posterior al individualismo del arte renacentista. Los pintores que descubrieron la posibilidad de representar al individuo como tal tuvieron serias limitaciones para representar el cuerpo del niño. Por lo general, sus imágenes de éstos son de pequeños hombres adultos. Hasta el siglo XVII no hay "ropa para niños", pues ellos y los adolescentes visten lo mismo que los adultos, pero más chico.

La Ilustración no sólo fue androcéntrica y etnocentrista. También fue adultocéntrica, pues la razón en el individuo era concebida como un atributo de la madurez que marcaba la mayoría de edad. Fue Rousseau, siempre a contracorriente del Iluminismo, el que se planteó el problema sobre cómo educar al niño para asegurar el advenimiento del hombre racional que conformaría la polis democrática.

Es una coincidencia no bien estudiada que el autor de uno de los tratados de ciencia política de influencia más larga y poderosa sea al mismo tiempo el fundador de la pedagogía moderna. J.J. Rousseau no escribió "El contrato social" y el "Emilio" en distintas épocas de su vida. Ambas obras fueron escritas simultáneamente y publicadas como parte de un trilogía en el año de 1762. La tercera obra complementaria es "La Nueva Eloísa", una novela que desvirtúa las limitaciones del supuesto misoginismo del pensador ginebrino.

Al romaticismo se debe la "angelización" de la infancia, resorte de carácter incontestable en la ideología social reformadora del siglo XIX. Los que combaten la reforma social también combaten sus ideas. Así, en respuesta al "angelismo de los niñez", el siglo XX verá surgir al niño malthusiano, el que se ha convertido en un costo demasiado alto para el presupuesto estatal. En la ideología popular, el niño pasa de ser "un regalo de Dios" a una "carga para la pareja".

La mentalidad atrasada de nuestros políticos atrasados (no digo de todos, sólo de los atrasados) hace que sea más fácil concitar su atención para la niñez víctima y pobre, que para reforzar los derechos de las personas menores de edad. En el primer caso, el político puede ostentar su rostro de benefactor, en busca siempre del voto como resultado del trueque; pero comprometerse a respetar los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes, según la Constitución, las leyes y los Convenios y Tratados de derechos humanos, suena poco atractivo, cuando no más bien subversivo.

La reciente iniciativa de la Primera Dama de promover el cambio de la fecha de la celebración del día del niño al tercer domingo del mes de julio abre la posiblidad de hacer una reflexión sobre el estado de la infancia panameña, que no sea ahogada por las fiestas patrias de noviembre, como solía ser costumbre. Además, ha venido acompañada de una breve alocución en que destacan los conceptos más avanzados de la protección integral de la niñez, pues hace énfasis en la necesidad de que se protejan sus derechos como seres humanos, en que la sociedad debe garantizarles el entorno apropiado a su desarrollo, sin olvidar el papel de la familia como comunidad de amor, responsabilidad y protección.

Lo malo de lo bueno es que ninguno de los (hombres) que jefaturan los poderes del Estado ha considerado que el tema tiene que algo ver con lo que rutinariamente hacen en ejercicio de sus funciones públicas.

Francoise Dolto, una mujer que dedicó toda su vida al estudio de la psique de los niños a partir de la herramientas heredadas de Freud, observó en "La causa de los niños" (1985) que "los padres educan a los niños como los príncipes gobiernan a los pueblos". ¿Será esa la raíz del malestar en la niñez de hoy?
___________________________________
El Panamá América, Martes 19 de julio de 2005